Un mensaje de Paz en Navidad PDF Imprimir
Martes, 15 de Diciembre de 2009 14:15





“La paz no es pasividad ni quietud, no es la simple ausencia de guerra. Es la vivencia de la gracia original de la creación. Es hacer de la humanidad, desde los niveles más pequeños de comunión como la familia, una sinfonía de amor compuesta por las diversas notas en íntima relación de armonía”.




El mensaje de paz de los Ángeles a los Pastores de Belén, está acompañado con el anuncio de la Buena Noticia (Evangelio) del nacimiento de Jesús que ha venido a darle cumplimiento al designo del Padre habitando entre nosotros. Este anuncio se actualiza constantemente en la historia por la misión evangelizadora de la Iglesia. En Noche Buena resonará en todos los templos católicos del mundo la gloria a Dios y la paz para la humanidad. Es que la paz es el mensaje que Jesús nos da con su nacimiento. Pero, aunque es un don de Dios, se convierte para nosotros en un compromiso vocacional ligado a la misión evangelizadora y a la vivencia concreta de cada día en el seguimiento a Jesús. Así como Jesús es el constructor de la paz, también nosotros estamos llamados a construirla, a cuidarla y, muchas veces, conquistarla. Además de pedir a Dios que nos dé su paz, debemos ofrecernos para que podamos ser servidores de la paz en nuestras familias, en nuestros barrios y en nuestra Patria. La oración de San Francisco se hace nuestra: “Señor, haznos un instrumento de tu paz”.

La paz no es pasividad ni quietud, no es la simple ausencia de guerra. Es la vivencia de la gracia original de la creación. Es hacer de la humanidad, desde los niveles más pequeños de comunión como la familia, una sinfonía de amor compuesta por las diversas notas en íntima relación de armonía. Porque la base de la paz es la vida en comunión de amor. Ciertamente, somos distintos y con diversas funciones, pero unidos entre sí como hermanos y en relación de comunión con Dios a quien amamos como Padre. De hecho, cuando el pecado atenta contra la vida y trae la división y el desorden; nuestro Padre Dios, enviando a su Hijo Jesús y con la acción del Espíritu Santo, restablece la armonía de la creación, una humanidad ordenada por el Creador que podemos identificar con la Paz.

Hoy el Papa Benedicto XVI, en el Mensaje para celebrar la Jornada Mundial de la Paz de este 1° de enero 2010, se fundamenta en esta maravillosa realidad de la creación, llamándonos a promover la paz protegiendo la creación, buscando fortalecer en nosotros la conciencia ecologista: “La armonía entre el Creador, la humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que se ha distorsionado también el encargo de dominar la tierra, de cultivarla y guardarla, y así surgió un conflicto entre ellos y el resto de la creación (cf. Gn 3, 17-19). El ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto”. Esto significa, para Benedicto XVI, mayor pobreza y miseria y una disminución de la calidad de vida. Por eso, el lema para la cercana Jornada de Paz es: “Si quieres la paz, protege la creación”.

Como hemos dicho al principio, la paz forma parte del Evangelio de Jesús. También para la Iglesia la evangelización incluye el compromiso por la paz. Un día el Apóstol Pedro, en casa de Cornelio, predicaba diciendo que Dios acepta a todos aquellos que le ofrecemos respeto y practicamos la justicia, y Él mismo nos comunica “el Evangelio de la paz” que es la misma persona de Jesús el Señor (Hech 10, 34-36). Por su parte, desde la cárcel, el Apóstol Pablo les escribe a los Efesios y hoy a nosotros, que la única lucha que debemos batallar es contra el pecado, no contra nuestros hermanos. Nos exhorta a tomar las armas de Dios para luchar contra la maldad a fuerza de bien. Debemos, pues, desarmarnos de todas las armas que causan destrucción, que son instrumentos de violencia y matan a los hermanos creando una humanidad sufrida, propicia al odio. El Apóstol de los gentiles, nos exhorta ceñirnos con el cinturón de la verdad, vestirnos con la coraza de la justicia, protegernos con el escudo de la fe para que libres podamos calzarnos las sandalias del “Evangelio de la paz” (cf. Ef 6, 10-20). Esto nos enseña que la verdad, la justicia, la fe, son fundamentos que estamos llamados a vivir y enseñar para construir la paz.

Fundamentado en esta exhortación del Apóstol, Juan XXIII expresa, en su Encíclica Pacem in terris  (11-4-1963), que la convivencia humana se fructifica con el respeto y la defensa de la dignidad humana que se funda en la verdad, en la justicia, en el amor y en la libertad. Para reforzar esta afirmación, Juan XXIII cita al mismo Apóstol que en la misma carta nos sigue pidiendo: “Despojémonos de la mentira, hable cada uno verdad con su prójimo, pues que todos somos miembros unos de otros” (Ef 4,15). Sabemos que la visión cristiana de esta dignidad humana radica en que somos imagen de Dios, aun más, somos sus hijos. Es decir, todo ser humano participa de la naturaleza divina del Dios que se ha dignado vaciarse de su propia divinidad para participar, por la encarnación del Hijo, de nuestra naturaleza humana. Por eso, no hay nada, absolutamente nada verdaderamente humano que no interpele el corazón de cada cristiano (cf. GS 1). Cuando el Apóstol nos dice la razón por la que debemos actuar y hablar la verdad, es porque somos un cuerpo, el Cuerpo de Cristo, vida de Comunión en el amor. Comunión que tiene como fuente, modelo y meta, a Dios que es Comunión perfecta de las tres Divinas Personas.

En la misma línea, influido por el propio Juan XXIII, el Vaticano II en la Constitución Pastoral Gaudium et spesnos enseña que la paz se llama “obra de la justicia” (GS 78). Y más adelante la llama “fruto del amor” (GS 78): “La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstruyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres” (GS 78).

Precisamente, por ser el amor el mandato supremo del Señor, es la ley fundamental de la perfección humana, y por lo tanto de la transformación del mundo. Es también el dinamismo que debe mover a los cristianos a realizar la justicia en el mundo, teniendo como fundamento la verdad y como signo la libertad. Por eso esta tarea que parte del Evangelio de Jesús identificado con el Evangelio de la paz no responde a ninguna ideología,  sino que a la exigencia de las enseñanzas de la revelación divina.

Finalizo esta reflexión con el mismo deseo de la Iglesia expresado por Juan Pablo II en su mensaje de la jornada de paz de 1983: “Ojalá los cristianos podamos ser siempre más conscientes de nuestra vocación de ser, contra viento y marea, los humildes guardianes de la paz que, en la noche de Navidad, Dios ha confiado a todos los hombres. Y ojalá, con nosotros, todos los hombres de buena voluntad puedan recoger este desafío para nuestro tiempo, aun en medio de las circunstancias más difíciles, es decir, haciendo todo lo posible por evitar la guerra y comprometernos para ello, con mayor convicción, en el camino que aleja su amenaza: el diálogo por la paz”. Amén.


Andrés Bravo
Capellán de la UNICA

Última actualización el Martes, 15 de Diciembre de 2009 14:21
 
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